sábado, agosto 01, 2026

La boda

 —A ver, mesero, tráete otra ronda de lo mismo… Y no me veas con esa cara, cabrón, que tú bien sabes cómo son estas cosas. Si te lo cuento a ti, es porque eres mi hermano de tragos y sabes guardar el hocico; si no, ni de chiste.

Te estoy hablando de estas fechas de hace tres años. La boda civil de mi prima de la que te platiqué, ¡uf!

A ver, ubícate: la familia entera reunida ahí, los Fernández todos estirados, mi mamá en primera fila, pretendiendo que las viejas rencillas entre los hermanos ya eran agua pasada, y yo ahí, parado, con mi traje fino, sonriendo, haciendo relaciones públicas como siempre. Tú sabes la posición de Tesa, mi esposa; es jueza de distrito aquí en San Luis y, con los contactos que tenemos arriba en México, uno tiene que cuidar la fachada. Pero por dentro, compadre… por dentro me estaban comiendo la rabia y el morbo a partes iguales.

Porque a Amanda la conozco desde chiquita. Desde que era una chiquilla ya traía esa mirada. Obvio, cuando éramos jóvenes hubo de todo: las borracheras en las fiestas familiares, los coqueteos, los besos a escondidas. Ella siempre buscó en mí a un tipo maduro, le mamaba que yo fuera el abogado "intelectual", el que le sabía a las cosas. Digo, tuvimos nuestros tropiezos ridículos, como aquella vez que los pendejos policías de Soledad nos pararon de camino al motel y acabé en los separos… ¡Qué vergüenza con los muertos de hambre de ese municipio, pero bueno, esa es otra historia! El chiste es que la tensión entre los dos nunca se apagó, siempre estuvo ahí, latente, latente. Yo le ayudé con todo el desmadre de su divorcio anterior, ¿y tú crees que un abogado de mi calibre trabaja gratis? Por supuesto que no, el pago que yo quería de ella no era en efectivo, compadre, tú me entiendes.

Pero esa tarde… esa tarde la muy cabrona se me estaba casando. Y no con cualquiera, sino con este güey, el escritor.

Habíamos quedado a una hora en la terraza para la ceremonia civil. La jueza, que, por cierto, era conocida y nos estaba haciendo el paro de aguantar, ya llevaba rato ajustándose los lentes y revisando las actas. Mi mamá, mis tíos, los invitados, todos bajo el sol, sudando, viendo el reloj, murmurando. La impaciencia en el aire se podía cortar con un cuchillo. Yo me hacía el despreocupado, tomando whisky y platicando de política, pero nomás estaba al pendiente de la entrada.

Y de repente, ¡pum! Se escucha el rugido del motor. Llegan estos dos en un Mazda deportivo, echando la lámina, tardísimo.

Se baja él, sintiéndose el rey del mundo, y se baja Amanda… ¡brillante!, güey. Te juro que, cuando la vi bajar de ese coche, se me apretó el estómago. Lucía hermosa, pero me daba una rabia contenida ver cómo le sonreía a él. Yo los veía y pensaba: "Créete tu cuentito de fadas, cabrón, que esto no se acaba aquí".

Entraron pidiendo disculpas a la jueza. La jueza, con una paciencia de santa que solo la burocracia te da, nada más asentía y acomodaba los papeles en la mesa. Y empieza el numerito. Los discursos, la lectura de los artículos del Código Civil, el "sí, acepto". Yo, parado a unos metros, con las manos en los bolsillos, clavando la mirada en Amanda cada que podía, para ver si cruzaba los ojos conmigo. Quería ver si le remordía algo, si se acordaba de las pláticas, del coqueteo, de los chats que teníamos.

Y luego vino la firma de las actas. ¡Una estampa familiar de lo más surrealista! Ponen a firmar como testigos a los dos niños, al hijo de él de 10 años y a Leonardo, el hijo de Amanda, que también tiene 10. Ahí iban los dos chavitos a poner su firma, seguidos por el papá de este güey y por mi tía, la mamá de Amanda. Todos aplaudiendo, las fotos, el abrazo, el beso oficial…

Y yo ahí, aplaudiendo como el primo educado y distinguido. Todos pensaban que yo estaba feliz por la prima. Ni se imaginaban. Vi cómo firmaban el papel y, por dentro, solo me daba risa. Me decía a mí mismo: "Firma todo lo que quieras, firma el acta, cásate, vete a Estados Unidos si quieres a trabajar… pero ella no es tuya. Ella tiene mi marca desde hace años y, tarde o temprano, va a volver".

Y mira, compadre… la vida da muchas vueltas. Pasaron apenas unos meses; en enero, el güey se tuvo que ir a trabajar al otro lado y la dejó aquí sola en San Luis… y el resto, bueno, para qué te lo cuento. Digamos que el que ríe al último, ríe mejor.

Pero esa tarde en la boda… puta madre, tragué veneno como no te imaginas. Sirve otra copa, anda, que recordar esa pinche bodecita me dio sed.

sábado, julio 25, 2026

Origen de la humanidad

Nacimos del caos, buscando patrones en el cosmos como quien optimiza un sistema complejo hasta hallar la armonía perfecta. El origen de la humanidad es una arquitectura genética en la que la vida compiló sus primeros versos.

Esa chispa ancestral de curiosidad es la misma que hoy brilla en los ojos de un hijo al atajar un balón o resolver un dilema de ajedrez, y la que inspira el trazo de un poema. Somos polvo de estrellas, diseñados para crear, cuidar del hogar amado y retornar siempre a las raíces, celebrando el milagro diario de existir, comprender y amar.

Lista de cosas que me hacen sonreír

 

Cosas que me hacen sonreír

Grandes instantes y lazos de afecto

  • La mirada encendida de un hijo cuando logra atajar un balón imposible directo al poste, resolviendo con elegancia un problema matemático en la libreta o moviendo una pieza en el tablero de ajedrez con la audacia de quien ya vislumbra el jaque mate.

  • El murmullo cálido de una tarde en casa, rodeado de la complicidad de quien comparte la vida contigo, mientras el perro descansa a tus pies y los gatos observan el mundo desde la cima del sofá con la dignidad de pequeños emperadores.

  • Volver los pasos hacia la tierra natal, sintiendo la brisa familiar de San Luis y el abrazo de la familia.

Elegancias de la mente y la creación

  • La belleza perfecta de un código que refleja la arquitectura que yo diseñé, o ver mi tubería de datos fluir con la precisión matemática de un reloj antiguo.

  • El trazo feliz de un verso que encuentra su ritmo exacto tras horas de búsqueda, capturando la luz del amor en una hoja de papel.

  • La satisfacción callada de dar forma a una idea, como escribir el primer borrador de un cuento o trazar el destino de un proyecto nacido para impulsar la voz de otros escritores.

Pequeños placeres del espíritu

  • Comprender de golpe la arquitectura oculta de un sistema complejo, como quien descifra un mapa antiguo tras observar sus esquinas más oscuras.

  • El aroma del café fresco por la mañana, justo antes de que la casa despierte y el mundo se llene de ruido.

lunes, febrero 17, 2025

Atardecer en primavera

 Me desperté con la certeza

de que mis alas ya sabían volar;

un latido me anunció sin palabras

que mi corazón está dispuesto a amar.


La luz que acarició mis párpados 

despertó la primavera en mi pecho;

descubrí que el miedo se había dormido

y el deseo de compartir mi vida creció.


No hay cadenas que detengan

este anhelo de entregarme entera;

con las ventanas del alma abiertas,

percibo el horizonte donde florece la espera.


Ahora mis pasos son firmes,

el pulso de mis sueños retumba,

pues entendí que el amor llama

solo cuando estamos listos para su bruma.


sábado, enero 25, 2025

Tulipanes


 

A veces me pregunto si la artista me ha instalado junto a estos tulipanes para subrayar esa supuesta delicadeza que esperan de mí, como si fuera un florero viviente, inofensivo y ornamental. Sin embargo, mientras sostengo esta mirada aparentemente serena, dejo que la mente divague: sobre las manos que me pintan, sobre la forma en que me observan, sobre las historias que intentan escribir en mi piel. Me cansa la condescendencia con que me ofrecen un halo de “virtud” o “misterio” por el mero hecho de no alzar la voz. Al contrario, en mi silencio hay un filo que examina y disecciona, un pulso que late fuerte contra la idea de ser solo un adorno. Quizá el mayor secreto que guardo es que ni siquiera me molesta ser contemplada; lo que me irrita es que crean que no soy capaz de contemplar de vuelta.

Desde la distancia, él imagina que ella —con la leve inclinación de su cabeza y esa mirada imperturbable— está alimentando toda clase de pensamientos subversivos detrás de su fachada serena. Se convence de que ella se burla en silencio de quienes la ven solo como una imagen, un objeto que adornar con tulipanes. Está convencido de que, en el fondo, ella piensa en la hipocresía de estar siempre a disposición del escrutinio de otros, como si sus contornos y colores fueran meros adornos para el consumo ajeno. Por su expresión, él deduce que en esa quietud hay un pulso rebelde: un hartazgo de ser interpretada según conveniencias externas. Y aunque ella parezca conformada con su posición en el lienzo, él sabe —o cree saber— que su mente desafía la mirada de cualquiera que pretenda domesticarla.


lunes, febrero 20, 2023

Abejas en Alejandrinos

 Oh abejas, criaturas divinas,

que con laboriosa entrega

dais dulce néctar a la colmena

y al mundo, miel que ilumina.


Vosotras, ejemplo de constancia,

de la perfección en el trabajo,

laboráis sin pausa ni descanso

para crear vuestra dulce sustancia.


Vuestra labor es como un arte,

en el que cada celda es una obra,

en la que cada miel es un tesoro,

y cada enjambre es un corazón que late.


Oh abejas, maestras de la vida,

que con vuestra labor admirable,

nos enseñáis que el esfuerzo incansable

es la clave del éxito en esta vida.

lunes, septiembre 12, 2022

Macross Plus (1994)


El primer capítulo de esta miniserie de dibujos animados japoneses (animé) comienza con un epígrafe “Dedicado a todos los pioneros” y pasa a la pista musical “Voices” de Yoko Kanno, que es lo único que se escucha durante esta secuencia inicial. La escena comienza con una figura femenina de espaldas, mirando hacia unos generadores eólicos situados en segundo plano sobre una colina cubierta de un pastizal verde ligeramente ondulado por el viento. Acto seguido, dos jóvenes en movimiento tratan de hacer despegar un artilugio volador. Las escenas que siguen evocan un mundo futurista, hombres jóvenes, felices y despreocupados, divirtiéndose bajo la complaciente mirada de una también joven mujer. Este material llegó a mí al final de mi adolescencia, causándome una sensación de esperanza y ensoñación por un futuro que se aproximaba. Más temprano que tarde me di cuenta de que ese tipo de utopías no acontecerían en mi tiempo de vida. Durante una expedición para recabar información de nidos de aves silvestres en los altos de Jalisco, México, me encontré ante un paisaje muy similar, obvio, sin los aparatos voladores futurísticos y los rehiletes eólicos, pero si con la brisa agitando los verdes pastos bajo un cielo intensamente azul. Cuando observo esa escena ahora, la añoranza de esos sentimientos juveniles y de mi sensación de libertad en aquellos pastizales “altenses”, no pueden otra cosa que provocarme algunas lágrimas.

¡Adiós a Lenin! (2003)



Esta película se desarrolla durante la reunificación de Alemania en 1990. Alex (Daniel Bruhl) trata de proteger de un shock fatal al frágil corazón de su madre que apenas se recupera de un largo coma del que despertó justo durante los hechos claves que causaron la caída del comunismo en la Alemania del este, tan amado por su madre. Como un buen  hijo, Alex lo intenta todo para hacer creer a su madre (Katrin Saß) que la Alemania comunista todavía se mantiene vigente, y trata de explicarle (mentirle) a su madre todos los cambios que alcanza a percibir a través de un falso noticiario de televisión que dirige y produce con su amigo, un videoasta aficionado. Alex y su hermana tienen varios trabajos para mantener la familia a flote y no puede evitar quedarse dormido mientras cuida a su madre y a su sobrina de un año. Madre, a quien mantienen en cama por su condición –así como de impedirle encontrarse con esta nueva realidad que de seguro terminaría por destrozar su amor por el comunismo y por ende, su pobre corazón– despierta cuando la niña se emociona al observar un dirigible publicitario a través de la ventana. No se atreve a despertar a su cansado hijo. El dirigible se pierde tras un edificio cuando madre, con movimientos lentos, llega hasta la ventana. Aquí, comienzan unas notas de piano melodramáticas de la pista musical “Goodbye Lenin!”, compuesta por Yann Tiersen, que evocan peligro y a la vez suscitan algo inesperado. Madre se siente con un poco de energía y tras cerrar la puerta del dormitorio para que no se salga la bebé, se dirige hacia la puerta del departamento. Al alcanzarla, la pista musical se detiene. La escena se mueve afuera del edificio de departamentos. Unos muchachos punk están mudándose al edificio y la tratan con amabilidad ofreciéndole una silla para que descanse. A madre le llaman la atención, un lote de carros BMW al otro lado de la avenida y anuncios de Ikea en un poste en la calle, se incorpora y comienza a explorar, con una curiosidad mezclada con extrañamiento. La pista musical se reinicia, con un crescendo de notas de piano al que se les une una sinfonía de cuerdas que siguen el ritmo esperanzador del piano, provocando la expectativa de una realización casi religiosa; cuando la cámara pasa a un helicóptero que transporta colgado de unas cuerdas un monumento de bronce de Lenin que, con el girar del helicóptero, termina apuntando con su mano metálica hacia la madre de Alex, como despidiéndose de ella. Madre no puede explicarse qué está pasando. Para este instante Alex ya había despertado y salía corriendo a buscarla y, junto con su hermana Ariane (Maria Simon) que regresaba de comprar el mandado, llegan a tomarla por los brazos y llevarla con cuidado de regreso a casa. La emotividad producida por la combinación de la música y el simbolismo del encuentro de la madre con la efigie de Lenin siendo desplazada fuera de la ciudad, solo puedo describirla como sublime e infinitamente conmovedora.

Gremlins (1984)


Billy (Zack Galligan) acompaña a Kate (Phoebe Cates) a su casa después de su trabajo nocturno como mesera del bar local del pueblito en el midwestern americano donde viven. Pete le platica de sus sueños de ser dibujante y mudarse a la gran ciudad, obteniendo la empatía de Kate por unos minutos antes de perderla cuando Billy menciona lo mucho que le gusta la Navidad. La expresión de enamoramiento de Kate se torna en un rostro sombrío y su actitud se vuelve distante. Más adelante, en la cinta, después de que los gremlins han tomado el pueblo, Kate extrañamente decide obsequiarle a Billy, Gizmo (el mowli bondadoso y audaz que por un accidente ocasionado por Billy se convierte en la fuente de los agresivos y destructores gremlins) y a la audiencia con la historia de porque odia la Navidad. Resulta ser que el padre de Kate se resbaló y se rompió el cuello mientras intentaba bajar por la chimenea vestido como Santa, y el cuerpo no fue descubierto hasta varios días después, agregando “y así fue como me enteré de que no existía Santa Claus”. Es bizarramente macabro, pero también extremadamente memorable. Esta escena casi es removida del filme. Por muchos años esta escena me pareció eso, bizarra, pero interesante, incluso cuando vi la película por primera vez cuando contaba con apenas seis años de edad, aunque no al nivel de provocarme llorar; supongo que ahora que soy padre esta reacción es causada por mi proyección paternal hacia el papá de Kate.

Ghost (1990)

 

Sam (Patrick Swayze) y Oda Mae (Whoopy Goldberg) salvan a Molly (Demi Moore) del villano de la película, Carl (Tony Goldwyn), que se trata ni más ni menos que del mismísimo mejor amigo de la pareja protagonista que, por celos y unos negocios turbios de lavado de dinero del narcotráfico, contrata a un rufián para asesinar a Sam. La razón de Carl: Sam ya se empezaba a dar cuenta de dichas tretas financieras… y obvio también para quedarse con el amor de Molly.
Regresando a la escena final que me conmueve tanto y que parte de un contraste de luz prevaleciendo sobre la oscuridad: sucede tras la muerte accidental y bien merecida de Carl, cuya alma, tras abandonar el cuerpo, es atrapado por unos seres oscuros (respaldados por unos efectos sonoros extremadamente escabrosos) que surgen del suelo para llevárselo al infierno. Acto seguido, Sam se dirige a Oda Mae, preguntándole si puede hablar con Molly (ya que Oda Mae, la medium, es la única con el don de escucharlo). Molly en ese instante se da cuenta de que puede escucharlo y de que una luz celestial inunda la escena, revelando la figura fantasmal de Sam por completo. Comienza una versión con violines y arpa de Unchained Melody, Sam se pone de rodillas para besar a Molly, quien después de la pelea contra Carl, yace en el suelo recargada contra una pared. Sam, con su rostro angelical, figura atlética y atractiva (y translucida), tras despedirse de Oda Mae, vuelve a Molly para decirle que la ama y que siempre la amará. Molly, se incorpora y con lágrimas en los ojos (bellísima como lo era en ese momento (y sigue siendo) Demi Moore), le contesta con el famosísimo “ditto”, que en la versión en español se subtituló y dobló como “ídem”. Sam camina dando pasos en retroceso hacia la luz, que ahora abarca toda la pantalla del cine y le describe a Molly lo que siente, hasta que da media vuelta y se pierde en la luz seguida del ennegrecimiento de la pantalla y los créditos de la película. Imposible no llorar con esto.

Narraciones que me hacen llorar

 Hace unos días en un chat, contesté en la forma de un “ya me puedo morir”, en referencia en tono jocoso a una supuesta realización de algo en la vida. Quise ir más allá y complementar con un meme de Sam viendo la luz, despidiéndose por última vez de Molly. Sí, estoy hablando de esta famosa escena final del largometraje Ghost (1990) con Patrick Swayze, Demi Moore y Whoopie Goldberg. Al observar de nuevo esta secuencia, en el gif animado (que sí existe en Tenor), tuve las mismas sensaciones que, de una década para acá, me provocan este tipo de escenas: un nudo en la garganta, ojos llorosos y contracturas de músculos faciales que comienzan en espasmos abdominales, es decir, llorar. Ya recompuesto de esta micro pausa ultrasentimentalista me puse a pensar, no en el porqué, si no en sí pudiera hacer un recuento de las escenas que me provocan este tipo de reacciones. Ofrezco al lector mis reflexiones hasta el final, ya que creo que este ejercicio me dará una mejor idea de la razón. En las entradas de este blog con el tag "Narraciones que me hacen llorar" iré relatándoselas.

viernes, octubre 15, 2021

Las Apariciones de la Anciana Acomedida


Esto sucedió en Ciudad Victoria, Tamaulipas, México, hace como 20 años. Le sucedió a la hermana de la esposa de un amigo que hice en la universidad.

Todo comenzó cuando esta persona y su esposo compraron su primera casa justo después de casarse: era su "nidito de amor". A las pocas semanas de comprarla, la chica (que he olvidado su nombre), algunos minutos después de que su marido saliera al trabajo y mientras tendía la cama, escuchó como si alguien estuviera barriendo afuera de la casa. Se asomó por la ventana de la alcoba principal, situada en el segundo piso, y se asustó al ver que había una viejita con un vestido azul barriendo su cochera. El susto se le bajó un poco cuando observó que la viejita tenía una sonrisa apacible y que, aunque barría con cansancio, lo hacía con dedicación. La cochera de la casa básicamente era una extensión de la banqueta, con algunos parches de pasto que aún estaba creciendo, así es que pensó que se trataba de alguna vecina que le estaba haciendo el favor. Bajó a saludarla, presentarse y agradecerle por el gentil gesto, pero al abrir la puerta de la calle, la viejita había desaparecido. Esto la volvió a asustar, según lo que me contó mi amigo.

Unos días después, su hermana salió corriendo de la casa, gritando del susto, al encontrarse a la misma anciana limpiando la mesa de la cocina. Pensó que era un fantasma. Las vecinas alarmadas salieron a calmarla y ver que pasaba. Juntas, se armaron de valor para entrar a la casa y averiguar que estaba sucediendo: no encontraron a nadie. Después de tranquilizarse, algunas vecinas le platicaron que en esa casa vivían dos señores ya grandes y que se acuerdan muy bien que el señor se murió hace algunos años y que la señora vivía sola ahí, hasta que un día se enfermó y sus hijos la llevaron al hospital y ya nunca regresó. Le contaron también que al poco tiempo los hijos pusieron la casa en venta a través de una agencia y supusieron que la viejita se había muerto. Una vecina incluso aseguró que se había muerto de tristeza, por estar sola, aunque otras dijeron que era una señora muy amable, que casi no se juntaba con los vecinos, pero que nunca se metió con nadie. No faltó la vecina que dijo que cuando estaban sacando las cosas de la viejita para ponerlas en un camión fletero vieron algunas cosas raras y una tabla que parecía como "güija".

La señora se siguió apareciendo. No siempre llevaba el vestido azul, a veces traía un camisón de franela a cuadros rojos, o un vestido floreado. Después de varios meses inclusive el marido la había visto. Comenzó a volverse costumbre. Un día, decidieron que si la volvían a ver, intentarían platicar con ella.

Un domingo por la mañana, al regresar del mercado, la vieron parada en el jardín de atrás de la casa, de pie, con las manos en las caderas, observando con una sonrisa casi angelical las flores de las gardenias que estaban empezando a brotar. La pareja se armó de valor y salieron despacio y con mucho miedo, se presentaron y la señora también se presentó, les dijo su nombre y ellos le preguntaron qué estaba haciendo. Ella les contestó que estaba oliendo las flores de las matas que ella había plantado hace mucho tiempo, y que esta había sido su casa, pero que sus hijos se la habían llevado a vivir a Tampico, que extrañaba mucho su casa y siempre soñaba que la limpiaba, barría y venía a cuidar sus plantitas. En eso, la señora dijo que le hablaban y desapareció frente a sus ojos.

La hermana de mi amigo y su esposo inmediatamente se pusieron en contacto con la agencia inmobiliaria, consiguieron los datos de la familia de los anteriores dueños y les hablaron por teléfono: en efecto, la señora seguía viva.

Mi amigo me contó que al parecer, unos meses después, se pusieron de acuerdo para que la señora fuera a visitar su antigua casa y que su hermana se hizo muy amiga de la viejita, pero ya nos pusimos a platicar de otra cosa y no supe bien que pasó después.

jueves, septiembre 09, 2021

Literatura de Ficción: De la Nigromancia al arte de Pescar

Todas las artes están subordinadas a las convenciones propias de las vicisitudes de sus procesos creativos: La escritura no es la excepción; sin embargo, el arte de escribir ─en especial el género de ficción─ se toma libertades creativas diferentes a todas las demás artes, en un nivel de disimilitud tan alto que tiene por consecuencia provocar que, dentro de las pastas de un libro, el autor se convierta en un soberano y nosotros, los lectores, sus obedientes súbditos. Esto da lugar a un rango de personalidades de escritores que pueden variar desde un rey complaciente y generoso, hasta una tirana conquistadora al mando de ejércitos de leales vasallos.

¿Qué son estas convenciones propias de cada arte? Esto puede ser fácilmente ejemplificado con el trabajo bien conocido de Miguel Ángel Buonarroti que, si bien se vanagloriaba que su oficio consistía simplemente en liberar las esculturas atrapadas en un bloque de mármol de Carrara, su acción redentora le procuraba esclavizarse por meses en la ardua labor de cincelar, tallar y pulir su obra. Lo mismo aplica al ejemplo de la capilla Sixtina, que le cobró años de su vida acostado sobre un andamio a treinta metros de altura, empapado literalmente en pintura y yeso. La genialidad de una obra de arte no se queda en la idea y el concepto, requiere imprescindiblemente del artificio, técnica, experiencia y ardua labor del artista para llevar esa construcción mental a la realidad.

Para el escritor de ficción, estas convenciones van más allá del uso del lenguaje o estructuras literarias, del tema, la historia o inclusive la trama, incluso por delante de sus destrezas en el teclado o máquina de escribir. La verdadera habilidad de un escritor es la de convertirse en un nigromante, un conjurador de entidades que habitan en realidades alternas totalmente desconocidas para él, pero con las que siente una conexión y una necesidad de comunicarles que en este plano existencial habita una mente similar; el escritor mismo. Otro acercamiento a esta habilidad es la de un pescador de caña, que arroja su anzuelo en un lago de profundidad desconocida y visibilidad limitada y que, dependiendo del tamaño, forma y olor de la carnada, tiene ciertas expectativas de la clase de presa que puede atraer, pero que al final sólo está ahí, con la mitad de las piernas hundidas en el fango, por el mero y contradictorio placer de esperar que algo surja de las profundidades sin ninguna expectativa de que realmente pase. De hecho, esta analogía me recuerda una forma de pesca llamada trout tickling (cosquilleo de truchas) mencionada en la Doceava Noche de Shakespeare, que consiste en “sobarle o hacerle cosquillitas en la pancita a una trucha con los dedos. Si se hace de la manera apropiada, la trucha entrará en trance después de un minuto o más y puede ser lanzada al punto más cercano de…” y que me parece la manera más divertida y exacta de describir a un escritor de ficción, que trata de seducir al lector con pequeños detalles que lo hacen sentir bien (o mal, Comedia vs. Tragedia), olvidarse del mundo, hipnotizarlo, y después el escritor puede hacer con el lo que le plazca.

En la secundaria, la maestra de español hizo a mis padres malgastar su dinero en comprarnos un libro con un título espantoso y embustero: “El Galano Arte de Leer”. Leer no tiene absolutamente nada de galanura ni de buen gusto, es como asegurar que la trucha es elegante y gallarda por dejarse engañar por carnada o unos dedos picarones. La producción del ingenio de la seducción siempre estará a cargo del escritor.

Regresemos al creador literario como hechicero oscuro de entidades de otros planos; si bien pudiéramos desviarnos y enfocarnos en los conjuros para evocar los personajes de una obra o en la de establecer una conexión con los lectores, prefiero enfocarme en la capacidad de obtener ayudantes infernales que le ayuden tanto en las labores menos placenteras del galano arte de escribir como en empezar el proceso de invasión y conquista propios del tirano-autor rex.

Rafael Sanzio y Peter Paul Rubens son al arte de la pintura lo que autores como Michael Crichton (a propósito de tiranos rex) e Ian Fleming son para el arte de la escritura de ficción: empleadores de artistas anónimos que implementaron las ideas y siguieron las ideas y los cánones de trabajo del autor principal. Este estilo de ejecución artística se remonta a los gremios del bajo medievo, que empezaron a decaer gracias a los mecenas del renacimiento que subvencionaron la carrera de artistas con la talla de genios, que a su vez retomaron la idea general del gremio pero bajo una única firma de autoría (el arte medieval se caracterizaba por ser puramente eclesiástico y, bajo el principio de humildad, las obras raramente se atribuían a un autor). Rafael y Rubens, cada uno en su época, competían con otros artistas para obtener el mayor número de contratos de patronos no solo del ámbito de la nobleza, pero también de la creciente burguesía, y fue así que prefirieron contratar y formar estudiantes de sus técnicas de creación para que ejecutaran sus obras mientras ellos invirtieran ese tiempo extra de no “tallar piedra”, asistiendo a fiestas y convivios en palacios y casas nobles para asegurar más encargos.  En contraste tenemos a Caravaggio, quien pintaba de manera individual, y aunque su obra fue vastísima, su constante exposición a pinturas basadas en plomo terminó por provocarle un deterioro mental que lo llevó a la muerte justo en la cúspide de su carrera.  De igual manera Crichton y Fleming se comprometieron comercialmente a tantos proyectos que tuvieron que evocar los servicios de ghostwriters (escritores fantasmas) para cumplir con sus contratos, y algunos, como Robert Ludlum (Bourne Identity), que pudieron evocarse a si mismos desde ultratumba para seguir escribiendo secuelas de sus novelas. Después de todo “la única diferencia entre el autor y el ghostwriter es la misma que entre la madre y la partera”.

Aunque el arte de auto-evocarse en múltiples ejecutores de la idea propia, como hemos redactado, no es señera del arte de la escritura per se, si se transforma en único cuando destacamos la habilidad del autor en mantener bajo su control al lector desde los inicios de su obra literaria. Ese mismo control que ningún pintor, compositor, periodista, biógrafo, historiador o dramaturgo podrá tener directamente sobre la psique de su público: la desfachatez de cambiar a voluntad el pasado, presente y futuro, de causar congoja o felicidad al matar o darle otra oportunidad a un personaje; del llevar al extremo la experiencia humana en un cambio caprichoso de humor ocurrido entre un párrafo y otro.

domingo, septiembre 05, 2021

Let It Go

Rodeada de animales de peluche, muñecas barbie y otros cientos de juguetes para niñas sentados en los estantes y regados por la habitación de paredes rosas, se encontraba Juana, no “Juanita”, ya que odiaba ser referida por ese nombre que para su gusto era abominable y corriente.

Hoy tocaba el día de la fiesta de té con el jet-set de sus juguetes, que esta semana figuraban en la lista de invitados a la barbie premio nobel, Teela la mujer de armas, los tres unicornios pinxies y la recién adquirida polly-pocket flamingo, que aún conservaba su aroma a juguete nuevo. La conversación pronto volvió al tema favorito de la sesión semanal: Arela.

─¡Ay, si! Con sus hijos lelos que van a escuelas caras ─dijo con sorna uno de los unicornios.

─¡Uy! Y el maridito que va todos los días al gimnasio, de seguro va a ligar con chicas de veinte años. ─comentó con envidia la barbie de traje negro y medalla de plástico dorada.

─¡Es suficiente! ─pronunció con autoridad Juana. ─Esa atenida no merece que le dediquemos tiempo en nuestra importante reunión, tenemos otros asuntos que discutir, como los méritos de cada uno de ustedes para seguir en esta mesa la semana que viene. ─Dijo, mientras volteaba a ver el cuerpo desnudo y desmembrado de la mujer maravilla, que, de entre las sombras del rincón más oscuro de la habitación, se alcanzaba a percibir; a lo que los comensales abrieron sus ojos con miedo y luego comenzaron a verse mutuamente, tratando de identificar defectos que pudieran remarcar.

Al terminarse el té y concluyendo cada uno de los juguetes su exposición de las debilidades de sus rivales, Juana dio permiso de dar por terminada la reunión, salió de la habitación rosada, la cerró bajo llave y se dirigió al cuarto de mamá, que se encontraba aún en la cama, leyendo.

─Mamá, tenemos que hablar ─habló con el tono infantil de una niña mimada que quiere decir algo serio.

Juana se subió a la cama, retiró el libro que mamá tenía en las manos y se acurrucó junto a ella.

─Sabes bien que estos momentos son los únicos que tengo para relajarme ─dijo mamá en un tono combinado entre negociación con una menor y reproche.

Juana respondió con una mirada tierna a modo de puchero.

─Está bien, está bien, ¿qué juguete quieres ahora? ─Se rindió mamá ante aquellos ojos tiernos.

─El Lego de Frozen II, ¡obvio! Pero no es eso de lo que quiero hablar.

─Oh, vaya. Para variar ¿qué se te metió esta vez en esa cabecita? ─replicó mamá, sospechando hacia donde se dirigiría la conversación.

─Lo único que debería importarte: destruir la vida de Arela para que podamos al fin ser felices.

─Ya hemos discutido esto antes. Para ti es muy fácil que yo haga todo y al final tu bien simple, te vas y te encierras en tu cuarto, y la que tiene que enfrentar las consecuencias soy yo.

─Esta vez tengo un plan con el que no tendrás que volver preocuparte de nada de eso, escucha.

Y Juana tuvo toda la atención de mamá por el resto de la mañana.

Con dificultad, Arela trataba de remover el hacha atorada en el del cráneo de su esposo, al tiempo que la puerta de la casa salía volando por los aires propulsada por la fuerza del ariete de la policía. Pronto se vio rodeada de gendarmes que apuntaban sus armas hacia ella, gritándole que soltara todo, pusiera las manos en la nuca y se tirara de rodillas. Al darse cuenta del charco de sangre a su alrededor, el cuerpo de su marido sin cabeza y los miembros de sus dos hijos adolescentes regados por toda la sala, Arela comenzó a llorar en un ataque de pánico, como si hubiera acabado de despertar de un trance, y gimoteó en un susurro apenas audible que se elevó gradualmente de tono hasta convertirse en gritos de histeria y horror.

─¡Yo no los maté, se los juro, yo no lo hice... mis bebés!

Tras un breve y contundente dolor, todo se volvió oscuridad después del macanazo que un agente descargó sobre su cabeza. 

El tema de conversación de esta semana en la fiesta de té fue el habitual.

─¡Ugh, si! Luis, el menor, siempre con la tapa del escusado abajo cuando meaba, toda llena de orines, ¡guácala! ─chismorreó Teela.

─Y ni hablar del mayorcito, con sus calcetines crujientes escondidos, según él, debajo del colchón, al lado de sus revistas pornográficas ─acusó Elsa, del Lego de Frozen II, la nueva del club, que al terminar su aportación causó que más de uno de los juguetes ahí sentados voltearan a ver por el rabillo del ojo los restos del unicornio dorado esparcidos por el usual rincón─. No se perdió nada con la muerte de esos dos.

─Pero no debemos pasar por alto al difunto esposito ─interrumpió Juana─ siempre con sus demandas: que si la camisa almidonada y planchada, que si las corbatas tenían que estar en rollo y no colgadas que se les marca el ganchillo, que si el café con leche de almendras que porque la lactosa y, encima de todo eso, tener que soportarlo sobre ella todas las noches, con aquel pene doblado con prepucio que dan ganas de vomitar… pero bueno, no tendremos que preocuparnos de ese tema nunca más, nada podrá volver a interferir con mi felicidad y la de mamá.

Dicho esto, dio por concluida la reunión disculpándose por tener otros asuntos más importantes y posponiendo el debate sucesorio hasta una fecha no determinada. Puso cerrojo a la puerta de la habitación rosa como era costumbre y se dirigió a visitar a mamá. 

Juana tarareó su melodía favorita de Frozen mientras se acurrucaba con mamá. Mamá tenía los ojos a medio cerrar, su respiración se volvió algo violenta cuando un enfermero le puso una inyección en el brazo, pero a los pocos segundos se tranquilizó y unió sus párpados. Esta vez, Juana no tuvo que retirarle su lectura para hablar con ella porque sus brazos y piernas estaban bien amarrados a los barrotes de la camilla, así es que disponía de toda su atención. El enfermero dio un vistazo al diagnóstico psiquiátrico y su mueca de indiferencia se transformó en una sonrisa irónica.

─Bonita canción la que cantas, Arela. Nunca había estado con tres al mismo tiempo ─susurró el enfermero dirigiéndose a la puerta del confinamiento en solitario, la cerró con llave desde adentro, obstruyó la mirilla con un trapo y empezó aflojarse el cinturón─, esto será divertido.

jueves, septiembre 02, 2021

Lazo Sagrado

Arnau y Emma Velis se casaron el sábado 7 de agosto de 1999 y tuvieron su luna de miel en una cabaña en el campo que un pariente les consiguió. Desde entonces, la familia Velis tiene la costumbre de rentar una semana el mismo tipo de casa en un lugar diferente, año tras año, alrededor de las mismas fechas de su aniversario, que coincide perfectamente con las vacaciones de sus hijos; cada uno concebido en dos de esos tradicionales retiros: Jordi en el año 2005 y Arantza en el 2007. Al menos, esa es la historia que Emma suele repetir a sus conocidos.

Sábado, 7 de agosto de 2021

Jordi salió por la puerta trasera de cristal corredizo del chalé en Canyon River, cerca de San Antonio, Texas, y regresó después de un breve paseo por el circuito que llevaba hasta la casa club. De regreso, el lugar parecía distinto al que llegó con su familia un par de horas atrás. La angustia de haber entrado al chalé equivocado se aligeró al escuchar la voz de sus padres, apagada en la distancia de un segundo piso que no recordaba.

Miércoles, 7 de agosto de 2005

Los pasos amortiguados por un grueso alfombrado llevaron a Jordi con sigilo a la habitación desde donde las voces de sus padres se volvían más nítidas conforme se acercaba. Los murmullos de sus padres pronto se convirtieron cánticos en un lenguaje desconocido. Lo que observó desde el perfil de la puerta le hizo llevarse las manos a la boca para no gritar: Emma, tumbada desnuda sobre el piso rodeada de velas y Arnau, desnudo apenas cubierto por una capa de seda negra, agachado, trazando símbolos con sus dedos mojados en alguna tinta sobre los cuerpos de ambos. Jordi, a punto de salir corriendo a buscar a su hermana, se percató de que sus padres se veían más jóvenes: Arnau sin el gris en las patillas que recientemente había empezado a teñir y Emma con su cabello largo y rubio ─no corto y rojizo como lo usaba ese año─. En esa renovada juventud creyó percibir algo en sus padres que no había notado antes: una semejanza entre ellos oculta bajo el parecido que les habían heredado a él y Arantza. En medio de ese pensamiento, una tercera voz se dejó escuchar, oscura y profunda, desde un rincón de la habitación que escapaba a la mirada voyerista de Jordi, la cual ambos cónyuges escucharon y obedecieron. Jordi empezó a sentir adrenalina correr por dentro de su cuerpo y se apoderó de él una sensación entre miedo y estimulación sexual, idéntica a los sueños recurrentes en los que tenía sexo con su madre. La voz oscura ordenó de nuevo y el acto de sus padres se volvió instintivo y animal; de mutuo flagelo y estrangulamiento. Jordi solo se percató de su erección al perderla, cuando su excitación se transformó en asco. Corrió escaleras abajo, necesitaba aire. Buscó la puerta corrediza, pero al no encontrarla, una sencilla portezuela de madera fue su escapatoria hacia la frescura de la noche. Trastabillando entre las raíces de los árboles, y, al tratar de encontrar el camino a la casa club, topó con un muelle a la orilla de un lago y alumbrado con farolas: una imagen inesperada que le parecía vagamente familiar.

Sábado, 7 de agosto de 2010

Sueño vívido o, más bien, una pesadilla: esa era la única explicación que Jordi formulaba una y otra vez en su mente para tratar de mantener la cordura. Desde el muelle, una casa detrás de los árboles con muchas luces encendidas, rodeada de autos de lujo, se revelaba ante sus ojos. Al escabullirse por entre los coches con matrículas alemanas se dio cuenta de que ya no estaba en Texas. Los enormes ventanales de la residencia le permitieron observar, en el anonimato de la noche, lo que en su interior ocurría. Varias parejas vistiendo sotanas de seda roja tan delgadas que transparentaba su desnudez, comían y bebían en medio de risas y algarabía, hasta que Emma sonó una campanilla y todos guardaron silencio. Del fondo de la morada llegaron dos mujeres con dos niños pequeños en atavíos nupciales. Jordi sabía que eran él y su hermana, y no pudo evitar notar que ambos se encontraban en un estado de trance. Los infantes fueron sentados frente a los presentes en unas sillitas junto a la chimenea y de nuevo Emma hizo tintinear la campanita. Las sotanas rojas cayeron al suelo y la reunión se transformó en una orgía. Al culminar los apetitos sexuales de la mayoría de los comensales, Emma tocó la campana por tercera ocasión. Emma y Arnau, de rodillas, hundieron una daga en sus brazos y ungieron en sangre a sus hijos. Arantza niña, tomó la manos ensangrentadas de Jordi niño, sus padres los besaron en la cabeza con ternura, y así, abrazados, los miembros de familia Velis miraron a través de la espesura de la noche directamente a los ojos horrorizados de Jordi, que acto seguido se desvaneció.

Domingo, 8 de agosto de 2021

El aroma dulzón de tocino a la sartén causó un espasmo en el estómago hambriento de Jordi, haciéndolo abrir los ojos, primero lentamente y luego de manera intempestiva: todo había sido una pesadilla. Escuchó a su madre llamando a la familia a desayunar, y tras un duchazo rápido, se unió a la mesa mirando con algo de rubor a sus padres después de haber tenido aquellos terribles sueños.

Sábado, 6 de agosto de 2022

Ese año tocó el turno de una cabaña en la sierra madre oriental mexicana, en un lugar llamado Monterreal. Arantza había terminado la relación con su novio justo antes del viaje, pero no se le veía triste, al contrario, Jordi no la recordaba tan jovial desde antes de la adolescencia. Greta, la pareja de Jordi, los acompañaba. El corto traslado les dio tiempo de recorrer el resort y convivir en familia. De regreso, encendieron la chimenea, bebieron vino y charlaron hasta que Jordi se retiró cansado y mareado a su habitación.

Martes, 13 de septiembre de 2028

Jordi camina por un parque en un día soleado, el pasto es verde y los árboles frondosos aún conservan su follaje verde. Las patas de gallo revelan la entrada del otoño. A unas decenas de metros, en un área infantil, distingue a Arantza entre las otras mamás, embarazada, dándole vuelo a un niño en el columpio. Se llena de felicidad cuando el rostro de Arantza se ilumina al darse cuenta que ha llegado. Observa sus labios moverse y dirigirse hacia el niño, quien se baja de un brinco y empieza a correr hacia él. En ese instante, el sol se vuelve tan brillante que lo deslumbra; percibe al niño gritarle algo, pero la luz cegadora consume sus palabras, los sonidos, las imágenes… todo desaparece. 

Domingo, 7 de agosto de 2022

En medio de la madrugada, a Jordi lo despertó el jadeo y el vaivén de Greta sobre su pene. El dolor de cabeza apenas le permitía disfrutar el retozar de su novia. La luz de la luna que entraba por la ventana se reflejaba plateada y monocromática en los pechos y la figura contorneada de Greta. Jordi trató de acariciar sus largos cabellos, sabía que eso le excitaba, pero no pudo o no supo alcanzarlos. Sintiéndose húmedo se pasó la mano por la frente para limpiarse, pero el sudor manchó en los senos de Greta la huella de sus dedos: todo lo que tocaba lo hacía. Pronto se dio cuenta que toda la cama estaba empapada de aquel tinte, y al seguir dando palmos descubrió a alguien de pelo largo, oscuro y lacio acostado junto a él. “Tranquilo hermano, ella no comprendió lo trascendental que eres” habló Aranza. Al percatarse que era ella y no Greta la que le hacía el amor, trató de empujarla, pero su padre y su madre estaban ahí, agazapados en la oscuridad, y con presteza sujetaron y esposaron sus muñecas a la cabecera de la cama, al tiempo que una fuerza inmensa de unas manos hirvientes aseguró sus tobillos. Una silueta encapuchada se alzó por detrás de Arantza quien, con un chasquido de dedos, hizo encender cinco sirios negros alrededor de la cama. Jordi intentó gritar al descubrir a su lado a Greta con la cabeza casi cercenada, pero, amordazado por su padre, sólo logró rasgar sus cuerdas vocales en medio de desesperados gemidos guturales, con los ojos enrojecidos, llenos de lágrimas de terror y desesperación. Con una voz tierna y maternal Emma le dijo a su marido “Mira, Arnau, justo como te pusiste en nuestra primera noche. Todo se repite”. Arnau agregó, con voz de padre apoyando a su hijo “Vamos Jordi, termina, tu hermana está ovulando y la luna está en posición”. La figura oscura habló con la misma voz que Jordi escuchó en el fondo de la habitación de sus padres años atrás, en aquella que pensaba había sido sólo una pesadilla “Dimo cameron forzi metosite brumos idumaso elibiza alfrois fuventroti”. A lo que Arantza y sus padres agregaron “Perpetúa en nuestro linaje la encarnación de Adán y Lilith, hasta la llegada de la luz eterna del conocimiento verdadero”. Emma y Arnau empezaron a fornicar sobre el cadáver de Greta y momentos después Jordi, por fin, eyaculó.

sábado, agosto 21, 2021

Veinticinco

 Una luz, una mesa y un vaso de agua.

Entonces, ¿no siente remordimientos por lo que hizo?

Claro, como lo sentiría cualquier persona normal. ¿Me da otro cigarrillo?

¿Cree que lo que usted hizo es normal?

No, bueno…

¿Bueno?

¡Ay! Y usted, ¿Qué hubiera hecho?

 

Un sofá, una tele, una mesita de centro y una alfombra de rombos rojos.

Chantino, eres una plasta de sofá ¿te lo han dicho? No haces nada en todo el día.

¡Ay, mamá! No empieces, me acabo de sentar.

¿Ahora así nos llevamos? “Ni impiicis”

¡Ash, cómo eres! Ándale, siéntate, vamos a ver la serie.

Bueno, pero dame un masaje en los hombros que estoy super tensa.

¡Todo quieres! Ya consíguete un güey bien acá que te haga de todo, ya te hace falta.

¡Grosero! Ven acá para darte un sopapo, mi muchachote.

 

Una caja registradora, una vitrina, dos coca-colas tamaño familiar.

Doña Sara, ¿Va a llevar algo más? ¿Sus cigarros?

No, Don Rubén, nomás con las dos cocas.

Qué bueno que lo intente de nuevo.

¡Ya sé! Y esta vez va con intención. Se lo cambié a Chanti por que empiece a trabajar.

¡Ese muchacho! Pues de hecho el señor Matis, el de la esquina naranja, el que se acaba de cambiar, me dijo que estaba buscando un muchacho para que le ayude a organizar su colección de revistas que todavía tiene en cajas.

¡Ah! ¿Don Julián? Pues mi hijo tiene un montón de comics en bolsitas, creo que eso si podría hacer. Se lo voy a mandar.


Una mesa, una estufa, dos platos con huevo revuelto, un bote de leche.

¡Buenos días!

mmm

¿Estás bien?

mmm

”mmm” ¿Qué?

Nada.

La adolescencia ataca de nuevo. ¿Vas a ir ahorita con Don Julián?

No

Chantino, ¡teníamos un trato!

¡No me importa, no quiero regresar ahí nunca más!

Pero, Chianti, querido, no te vayas… tu huevo…

 

Un escritorio con una computadora, una silla giratoria, un cenicero vacío

Sara1979

@Saritabonits1

Contraseña no reconocida

@Saritabonita1

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“Julián Matis” 

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Una casa color naranja, una puerta cerrada, un interruptor de timbre eléctrico.

Hola, ¿Don Julián? Soy Sara, la mamá de Santiago.

Mucho gusto, ¿en qué puedo ayudarle?

Sé quién es usted en realidad.

No sé a qué se refiere. ¿Qué le dijo Santi?

Santiago, se llama Santiago.

¿Y bien?

¡Tiene que confesar sus crímenes!

Por favor, pase, vamos a hablar.

 


Un parque, una bicicleta en el piso, una banca, varias palomas.

Mamá, ¿por qué fumas tanto?

No lo sé Chanti, por los nervios, supongo.

¿Qué son los nervios?

Cosas de adultos, miji.

¿Son las cosas que tu y papá hablaban en el hospital antes de que se fuera?

Algo así… si, algo así.

Yo no quiero saber de cosas de adultos. Tus cigarros huelen muy feo.

Lo sé Chianti. Un día dejaré de hacerlo.

¿Lo harás por papá?

No Chianti, lo haré por ti.

 

Una sala de muebles descoloridos, una televisión vieja, muchas cajas llenas de revistas en el piso.

Siéntese, ¿le ofrezco algo de tomar?

¡Don Julián! Si usted no se entrega, yo lo voy a denunciar.

Ahora veo de dónde sacó Santiaguito lo guapo. Es usted muy atractiva Doña Sarita.

¡Esto tiene que parar! Tiene que confesar lo que le hizo a mi Chianti, y quien sabe a cuantos más.

¿Por qué no nos ponemos cómodos?

¡Aléjese!

 

De nuevo una luz, una mesa y un vaso de agua.

No estamos aquí por lo que yo hubiera hecho Doña Sara, estamos aquí por usted.

¿Y qué hay de lo que le hizo a mi hijo?

De eso ya no lo podemos enjuiciar después de lo que usted hizo. Pero si usted me lo pregunta, lo tenía más que merecido. De cierta manera mis colegas, yo incluido, le reconocemos eso, señora.

¿Y que va a pasar conmigo?, ¿y con Chianti?

Eso lo va a decidir el señor juez, pero no se preocupe, en estos casos el sistema se porta muy benevolente, no creo que le den muchos años.

¿Años?

Señora, una acuchillada es defensa propia, pero ¿veinticinco?