sábado, agosto 01, 2026

La boda

 —A ver, mesero, tráete otra ronda de lo mismo… Y no me veas con esa cara, cabrón, que tú bien sabes cómo son estas cosas. Si te lo cuento a ti, es porque eres mi hermano de tragos y sabes guardar el hocico; si no, ni de chiste.

Te estoy hablando de estas fechas de hace tres años. La boda civil de mi prima de la que te platiqué, ¡uf!

A ver, ubícate: la familia entera reunida ahí, los Fernández todos estirados, mi mamá en primera fila, pretendiendo que las viejas rencillas entre los hermanos ya eran agua pasada, y yo ahí, parado, con mi traje fino, sonriendo, haciendo relaciones públicas como siempre. Tú sabes la posición de Tesa, mi esposa; es jueza de distrito aquí en San Luis y, con los contactos que tenemos arriba en México, uno tiene que cuidar la fachada. Pero por dentro, compadre… por dentro me estaban comiendo la rabia y el morbo a partes iguales.

Porque a Amanda la conozco desde chiquita. Desde que era una chiquilla ya traía esa mirada. Obvio, cuando éramos jóvenes hubo de todo: las borracheras en las fiestas familiares, los coqueteos, los besos a escondidas. Ella siempre buscó en mí a un tipo maduro, le mamaba que yo fuera el abogado "intelectual", el que le sabía a las cosas. Digo, tuvimos nuestros tropiezos ridículos, como aquella vez que los pendejos policías de Soledad nos pararon de camino al motel y acabé en los separos… ¡Qué vergüenza con los muertos de hambre de ese municipio, pero bueno, esa es otra historia! El chiste es que la tensión entre los dos nunca se apagó, siempre estuvo ahí, latente, latente. Yo le ayudé con todo el desmadre de su divorcio anterior, ¿y tú crees que un abogado de mi calibre trabaja gratis? Por supuesto que no, el pago que yo quería de ella no era en efectivo, compadre, tú me entiendes.

Pero esa tarde… esa tarde la muy cabrona se me estaba casando. Y no con cualquiera, sino con este güey, el escritor.

Habíamos quedado a una hora en la terraza para la ceremonia civil. La jueza, que, por cierto, era conocida y nos estaba haciendo el paro de aguantar, ya llevaba rato ajustándose los lentes y revisando las actas. Mi mamá, mis tíos, los invitados, todos bajo el sol, sudando, viendo el reloj, murmurando. La impaciencia en el aire se podía cortar con un cuchillo. Yo me hacía el despreocupado, tomando whisky y platicando de política, pero nomás estaba al pendiente de la entrada.

Y de repente, ¡pum! Se escucha el rugido del motor. Llegan estos dos en un Mazda deportivo, echando la lámina, tardísimo.

Se baja él, sintiéndose el rey del mundo, y se baja Amanda… ¡brillante!, güey. Te juro que, cuando la vi bajar de ese coche, se me apretó el estómago. Lucía hermosa, pero me daba una rabia contenida ver cómo le sonreía a él. Yo los veía y pensaba: "Créete tu cuentito de fadas, cabrón, que esto no se acaba aquí".

Entraron pidiendo disculpas a la jueza. La jueza, con una paciencia de santa que solo la burocracia te da, nada más asentía y acomodaba los papeles en la mesa. Y empieza el numerito. Los discursos, la lectura de los artículos del Código Civil, el "sí, acepto". Yo, parado a unos metros, con las manos en los bolsillos, clavando la mirada en Amanda cada que podía, para ver si cruzaba los ojos conmigo. Quería ver si le remordía algo, si se acordaba de las pláticas, del coqueteo, de los chats que teníamos.

Y luego vino la firma de las actas. ¡Una estampa familiar de lo más surrealista! Ponen a firmar como testigos a los dos niños, al hijo de él de 10 años y a Leonardo, el hijo de Amanda, que también tiene 10. Ahí iban los dos chavitos a poner su firma, seguidos por el papá de este güey y por mi tía, la mamá de Amanda. Todos aplaudiendo, las fotos, el abrazo, el beso oficial…

Y yo ahí, aplaudiendo como el primo educado y distinguido. Todos pensaban que yo estaba feliz por la prima. Ni se imaginaban. Vi cómo firmaban el papel y, por dentro, solo me daba risa. Me decía a mí mismo: "Firma todo lo que quieras, firma el acta, cásate, vete a Estados Unidos si quieres a trabajar… pero ella no es tuya. Ella tiene mi marca desde hace años y, tarde o temprano, va a volver".

Y mira, compadre… la vida da muchas vueltas. Pasaron apenas unos meses; en enero, el güey se tuvo que ir a trabajar al otro lado y la dejó aquí sola en San Luis… y el resto, bueno, para qué te lo cuento. Digamos que el que ríe al último, ríe mejor.

Pero esa tarde en la boda… puta madre, tragué veneno como no te imaginas. Sirve otra copa, anda, que recordar esa pinche bodecita me dio sed.

sábado, julio 25, 2026

Origen de la humanidad

Nacimos del caos, buscando patrones en el cosmos como quien optimiza un sistema complejo hasta hallar la armonía perfecta. El origen de la humanidad es una arquitectura genética en la que la vida compiló sus primeros versos.

Esa chispa ancestral de curiosidad es la misma que hoy brilla en los ojos de un hijo al atajar un balón o resolver un dilema de ajedrez, y la que inspira el trazo de un poema. Somos polvo de estrellas, diseñados para crear, cuidar del hogar amado y retornar siempre a las raíces, celebrando el milagro diario de existir, comprender y amar.

Lista de cosas que me hacen sonreír

 

Cosas que me hacen sonreír

Grandes instantes y lazos de afecto

  • La mirada encendida de un hijo cuando logra atajar un balón imposible directo al poste, resolviendo con elegancia un problema matemático en la libreta o moviendo una pieza en el tablero de ajedrez con la audacia de quien ya vislumbra el jaque mate.

  • El murmullo cálido de una tarde en casa, rodeado de la complicidad de quien comparte la vida contigo, mientras el perro descansa a tus pies y los gatos observan el mundo desde la cima del sofá con la dignidad de pequeños emperadores.

  • Volver los pasos hacia la tierra natal, sintiendo la brisa familiar de San Luis y el abrazo de la familia.

Elegancias de la mente y la creación

  • La belleza perfecta de un código que refleja la arquitectura que yo diseñé, o ver mi tubería de datos fluir con la precisión matemática de un reloj antiguo.

  • El trazo feliz de un verso que encuentra su ritmo exacto tras horas de búsqueda, capturando la luz del amor en una hoja de papel.

  • La satisfacción callada de dar forma a una idea, como escribir el primer borrador de un cuento o trazar el destino de un proyecto nacido para impulsar la voz de otros escritores.

Pequeños placeres del espíritu

  • Comprender de golpe la arquitectura oculta de un sistema complejo, como quien descifra un mapa antiguo tras observar sus esquinas más oscuras.

  • El aroma del café fresco por la mañana, justo antes de que la casa despierte y el mundo se llene de ruido.

lunes, febrero 17, 2025

Atardecer en primavera

 Me desperté con la certeza

de que mis alas ya sabían volar;

un latido me anunció sin palabras

que mi corazón está dispuesto a amar.


La luz que acarició mis párpados 

despertó la primavera en mi pecho;

descubrí que el miedo se había dormido

y el deseo de compartir mi vida creció.


No hay cadenas que detengan

este anhelo de entregarme entera;

con las ventanas del alma abiertas,

percibo el horizonte donde florece la espera.


Ahora mis pasos son firmes,

el pulso de mis sueños retumba,

pues entendí que el amor llama

solo cuando estamos listos para su bruma.


sábado, enero 25, 2025

Tulipanes


 

A veces me pregunto si la artista me ha instalado junto a estos tulipanes para subrayar esa supuesta delicadeza que esperan de mí, como si fuera un florero viviente, inofensivo y ornamental. Sin embargo, mientras sostengo esta mirada aparentemente serena, dejo que la mente divague: sobre las manos que me pintan, sobre la forma en que me observan, sobre las historias que intentan escribir en mi piel. Me cansa la condescendencia con que me ofrecen un halo de “virtud” o “misterio” por el mero hecho de no alzar la voz. Al contrario, en mi silencio hay un filo que examina y disecciona, un pulso que late fuerte contra la idea de ser solo un adorno. Quizá el mayor secreto que guardo es que ni siquiera me molesta ser contemplada; lo que me irrita es que crean que no soy capaz de contemplar de vuelta.

Desde la distancia, él imagina que ella —con la leve inclinación de su cabeza y esa mirada imperturbable— está alimentando toda clase de pensamientos subversivos detrás de su fachada serena. Se convence de que ella se burla en silencio de quienes la ven solo como una imagen, un objeto que adornar con tulipanes. Está convencido de que, en el fondo, ella piensa en la hipocresía de estar siempre a disposición del escrutinio de otros, como si sus contornos y colores fueran meros adornos para el consumo ajeno. Por su expresión, él deduce que en esa quietud hay un pulso rebelde: un hartazgo de ser interpretada según conveniencias externas. Y aunque ella parezca conformada con su posición en el lienzo, él sabe —o cree saber— que su mente desafía la mirada de cualquiera que pretenda domesticarla.


lunes, febrero 20, 2023

Abejas en Alejandrinos

 Oh abejas, criaturas divinas,

que con laboriosa entrega

dais dulce néctar a la colmena

y al mundo, miel que ilumina.


Vosotras, ejemplo de constancia,

de la perfección en el trabajo,

laboráis sin pausa ni descanso

para crear vuestra dulce sustancia.


Vuestra labor es como un arte,

en el que cada celda es una obra,

en la que cada miel es un tesoro,

y cada enjambre es un corazón que late.


Oh abejas, maestras de la vida,

que con vuestra labor admirable,

nos enseñáis que el esfuerzo incansable

es la clave del éxito en esta vida.

lunes, septiembre 12, 2022

Macross Plus (1994)


El primer capítulo de esta miniserie de dibujos animados japoneses (animé) comienza con un epígrafe “Dedicado a todos los pioneros” y pasa a la pista musical “Voices” de Yoko Kanno, que es lo único que se escucha durante esta secuencia inicial. La escena comienza con una figura femenina de espaldas, mirando hacia unos generadores eólicos situados en segundo plano sobre una colina cubierta de un pastizal verde ligeramente ondulado por el viento. Acto seguido, dos jóvenes en movimiento tratan de hacer despegar un artilugio volador. Las escenas que siguen evocan un mundo futurista, hombres jóvenes, felices y despreocupados, divirtiéndose bajo la complaciente mirada de una también joven mujer. Este material llegó a mí al final de mi adolescencia, causándome una sensación de esperanza y ensoñación por un futuro que se aproximaba. Más temprano que tarde me di cuenta de que ese tipo de utopías no acontecerían en mi tiempo de vida. Durante una expedición para recabar información de nidos de aves silvestres en los altos de Jalisco, México, me encontré ante un paisaje muy similar, obvio, sin los aparatos voladores futurísticos y los rehiletes eólicos, pero si con la brisa agitando los verdes pastos bajo un cielo intensamente azul. Cuando observo esa escena ahora, la añoranza de esos sentimientos juveniles y de mi sensación de libertad en aquellos pastizales “altenses”, no pueden otra cosa que provocarme algunas lágrimas.

¡Adiós a Lenin! (2003)



Esta película se desarrolla durante la reunificación de Alemania en 1990. Alex (Daniel Bruhl) trata de proteger de un shock fatal al frágil corazón de su madre que apenas se recupera de un largo coma del que despertó justo durante los hechos claves que causaron la caída del comunismo en la Alemania del este, tan amado por su madre. Como un buen  hijo, Alex lo intenta todo para hacer creer a su madre (Katrin Saß) que la Alemania comunista todavía se mantiene vigente, y trata de explicarle (mentirle) a su madre todos los cambios que alcanza a percibir a través de un falso noticiario de televisión que dirige y produce con su amigo, un videoasta aficionado. Alex y su hermana tienen varios trabajos para mantener la familia a flote y no puede evitar quedarse dormido mientras cuida a su madre y a su sobrina de un año. Madre, a quien mantienen en cama por su condición –así como de impedirle encontrarse con esta nueva realidad que de seguro terminaría por destrozar su amor por el comunismo y por ende, su pobre corazón– despierta cuando la niña se emociona al observar un dirigible publicitario a través de la ventana. No se atreve a despertar a su cansado hijo. El dirigible se pierde tras un edificio cuando madre, con movimientos lentos, llega hasta la ventana. Aquí, comienzan unas notas de piano melodramáticas de la pista musical “Goodbye Lenin!”, compuesta por Yann Tiersen, que evocan peligro y a la vez suscitan algo inesperado. Madre se siente con un poco de energía y tras cerrar la puerta del dormitorio para que no se salga la bebé, se dirige hacia la puerta del departamento. Al alcanzarla, la pista musical se detiene. La escena se mueve afuera del edificio de departamentos. Unos muchachos punk están mudándose al edificio y la tratan con amabilidad ofreciéndole una silla para que descanse. A madre le llaman la atención, un lote de carros BMW al otro lado de la avenida y anuncios de Ikea en un poste en la calle, se incorpora y comienza a explorar, con una curiosidad mezclada con extrañamiento. La pista musical se reinicia, con un crescendo de notas de piano al que se les une una sinfonía de cuerdas que siguen el ritmo esperanzador del piano, provocando la expectativa de una realización casi religiosa; cuando la cámara pasa a un helicóptero que transporta colgado de unas cuerdas un monumento de bronce de Lenin que, con el girar del helicóptero, termina apuntando con su mano metálica hacia la madre de Alex, como despidiéndose de ella. Madre no puede explicarse qué está pasando. Para este instante Alex ya había despertado y salía corriendo a buscarla y, junto con su hermana Ariane (Maria Simon) que regresaba de comprar el mandado, llegan a tomarla por los brazos y llevarla con cuidado de regreso a casa. La emotividad producida por la combinación de la música y el simbolismo del encuentro de la madre con la efigie de Lenin siendo desplazada fuera de la ciudad, solo puedo describirla como sublime e infinitamente conmovedora.

Gremlins (1984)


Billy (Zack Galligan) acompaña a Kate (Phoebe Cates) a su casa después de su trabajo nocturno como mesera del bar local del pueblito en el midwestern americano donde viven. Pete le platica de sus sueños de ser dibujante y mudarse a la gran ciudad, obteniendo la empatía de Kate por unos minutos antes de perderla cuando Billy menciona lo mucho que le gusta la Navidad. La expresión de enamoramiento de Kate se torna en un rostro sombrío y su actitud se vuelve distante. Más adelante, en la cinta, después de que los gremlins han tomado el pueblo, Kate extrañamente decide obsequiarle a Billy, Gizmo (el mowli bondadoso y audaz que por un accidente ocasionado por Billy se convierte en la fuente de los agresivos y destructores gremlins) y a la audiencia con la historia de porque odia la Navidad. Resulta ser que el padre de Kate se resbaló y se rompió el cuello mientras intentaba bajar por la chimenea vestido como Santa, y el cuerpo no fue descubierto hasta varios días después, agregando “y así fue como me enteré de que no existía Santa Claus”. Es bizarramente macabro, pero también extremadamente memorable. Esta escena casi es removida del filme. Por muchos años esta escena me pareció eso, bizarra, pero interesante, incluso cuando vi la película por primera vez cuando contaba con apenas seis años de edad, aunque no al nivel de provocarme llorar; supongo que ahora que soy padre esta reacción es causada por mi proyección paternal hacia el papá de Kate.

Ghost (1990)

 

Sam (Patrick Swayze) y Oda Mae (Whoopy Goldberg) salvan a Molly (Demi Moore) del villano de la película, Carl (Tony Goldwyn), que se trata ni más ni menos que del mismísimo mejor amigo de la pareja protagonista que, por celos y unos negocios turbios de lavado de dinero del narcotráfico, contrata a un rufián para asesinar a Sam. La razón de Carl: Sam ya se empezaba a dar cuenta de dichas tretas financieras… y obvio también para quedarse con el amor de Molly.
Regresando a la escena final que me conmueve tanto y que parte de un contraste de luz prevaleciendo sobre la oscuridad: sucede tras la muerte accidental y bien merecida de Carl, cuya alma, tras abandonar el cuerpo, es atrapado por unos seres oscuros (respaldados por unos efectos sonoros extremadamente escabrosos) que surgen del suelo para llevárselo al infierno. Acto seguido, Sam se dirige a Oda Mae, preguntándole si puede hablar con Molly (ya que Oda Mae, la medium, es la única con el don de escucharlo). Molly en ese instante se da cuenta de que puede escucharlo y de que una luz celestial inunda la escena, revelando la figura fantasmal de Sam por completo. Comienza una versión con violines y arpa de Unchained Melody, Sam se pone de rodillas para besar a Molly, quien después de la pelea contra Carl, yace en el suelo recargada contra una pared. Sam, con su rostro angelical, figura atlética y atractiva (y translucida), tras despedirse de Oda Mae, vuelve a Molly para decirle que la ama y que siempre la amará. Molly, se incorpora y con lágrimas en los ojos (bellísima como lo era en ese momento (y sigue siendo) Demi Moore), le contesta con el famosísimo “ditto”, que en la versión en español se subtituló y dobló como “ídem”. Sam camina dando pasos en retroceso hacia la luz, que ahora abarca toda la pantalla del cine y le describe a Molly lo que siente, hasta que da media vuelta y se pierde en la luz seguida del ennegrecimiento de la pantalla y los créditos de la película. Imposible no llorar con esto.

Narraciones que me hacen llorar

 Hace unos días en un chat, contesté en la forma de un “ya me puedo morir”, en referencia en tono jocoso a una supuesta realización de algo en la vida. Quise ir más allá y complementar con un meme de Sam viendo la luz, despidiéndose por última vez de Molly. Sí, estoy hablando de esta famosa escena final del largometraje Ghost (1990) con Patrick Swayze, Demi Moore y Whoopie Goldberg. Al observar de nuevo esta secuencia, en el gif animado (que sí existe en Tenor), tuve las mismas sensaciones que, de una década para acá, me provocan este tipo de escenas: un nudo en la garganta, ojos llorosos y contracturas de músculos faciales que comienzan en espasmos abdominales, es decir, llorar. Ya recompuesto de esta micro pausa ultrasentimentalista me puse a pensar, no en el porqué, si no en sí pudiera hacer un recuento de las escenas que me provocan este tipo de reacciones. Ofrezco al lector mis reflexiones hasta el final, ya que creo que este ejercicio me dará una mejor idea de la razón. En las entradas de este blog con el tag "Narraciones que me hacen llorar" iré relatándoselas.

viernes, octubre 15, 2021

Las Apariciones de la Anciana Acomedida


Esto sucedió en Ciudad Victoria, Tamaulipas, México, hace como 20 años. Le sucedió a la hermana de la esposa de un amigo que hice en la universidad.

Todo comenzó cuando esta persona y su esposo compraron su primera casa justo después de casarse: era su "nidito de amor". A las pocas semanas de comprarla, la chica (que he olvidado su nombre), algunos minutos después de que su marido saliera al trabajo y mientras tendía la cama, escuchó como si alguien estuviera barriendo afuera de la casa. Se asomó por la ventana de la alcoba principal, situada en el segundo piso, y se asustó al ver que había una viejita con un vestido azul barriendo su cochera. El susto se le bajó un poco cuando observó que la viejita tenía una sonrisa apacible y que, aunque barría con cansancio, lo hacía con dedicación. La cochera de la casa básicamente era una extensión de la banqueta, con algunos parches de pasto que aún estaba creciendo, así es que pensó que se trataba de alguna vecina que le estaba haciendo el favor. Bajó a saludarla, presentarse y agradecerle por el gentil gesto, pero al abrir la puerta de la calle, la viejita había desaparecido. Esto la volvió a asustar, según lo que me contó mi amigo.

Unos días después, su hermana salió corriendo de la casa, gritando del susto, al encontrarse a la misma anciana limpiando la mesa de la cocina. Pensó que era un fantasma. Las vecinas alarmadas salieron a calmarla y ver que pasaba. Juntas, se armaron de valor para entrar a la casa y averiguar que estaba sucediendo: no encontraron a nadie. Después de tranquilizarse, algunas vecinas le platicaron que en esa casa vivían dos señores ya grandes y que se acuerdan muy bien que el señor se murió hace algunos años y que la señora vivía sola ahí, hasta que un día se enfermó y sus hijos la llevaron al hospital y ya nunca regresó. Le contaron también que al poco tiempo los hijos pusieron la casa en venta a través de una agencia y supusieron que la viejita se había muerto. Una vecina incluso aseguró que se había muerto de tristeza, por estar sola, aunque otras dijeron que era una señora muy amable, que casi no se juntaba con los vecinos, pero que nunca se metió con nadie. No faltó la vecina que dijo que cuando estaban sacando las cosas de la viejita para ponerlas en un camión fletero vieron algunas cosas raras y una tabla que parecía como "güija".

La señora se siguió apareciendo. No siempre llevaba el vestido azul, a veces traía un camisón de franela a cuadros rojos, o un vestido floreado. Después de varios meses inclusive el marido la había visto. Comenzó a volverse costumbre. Un día, decidieron que si la volvían a ver, intentarían platicar con ella.

Un domingo por la mañana, al regresar del mercado, la vieron parada en el jardín de atrás de la casa, de pie, con las manos en las caderas, observando con una sonrisa casi angelical las flores de las gardenias que estaban empezando a brotar. La pareja se armó de valor y salieron despacio y con mucho miedo, se presentaron y la señora también se presentó, les dijo su nombre y ellos le preguntaron qué estaba haciendo. Ella les contestó que estaba oliendo las flores de las matas que ella había plantado hace mucho tiempo, y que esta había sido su casa, pero que sus hijos se la habían llevado a vivir a Tampico, que extrañaba mucho su casa y siempre soñaba que la limpiaba, barría y venía a cuidar sus plantitas. En eso, la señora dijo que le hablaban y desapareció frente a sus ojos.

La hermana de mi amigo y su esposo inmediatamente se pusieron en contacto con la agencia inmobiliaria, consiguieron los datos de la familia de los anteriores dueños y les hablaron por teléfono: en efecto, la señora seguía viva.

Mi amigo me contó que al parecer, unos meses después, se pusieron de acuerdo para que la señora fuera a visitar su antigua casa y que su hermana se hizo muy amiga de la viejita, pero ya nos pusimos a platicar de otra cosa y no supe bien que pasó después.