—A ver, mesero, tráete otra ronda de lo mismo… Y no me veas con esa cara, cabrón, que tú bien sabes cómo son estas cosas. Si te lo cuento a ti, es porque eres mi hermano de tragos y sabes guardar el hocico; si no, ni de chiste.
Te estoy hablando de estas fechas de hace tres años. La boda civil de mi prima de la que te platiqué, ¡uf!
A ver, ubícate: la familia entera reunida ahí, los Fernández todos estirados, mi mamá en primera fila, pretendiendo que las viejas rencillas entre los hermanos ya eran agua pasada, y yo ahí, parado, con mi traje fino, sonriendo, haciendo relaciones públicas como siempre. Tú sabes la posición de Tesa, mi esposa; es jueza de distrito aquí en San Luis y, con los contactos que tenemos arriba en México, uno tiene que cuidar la fachada. Pero por dentro, compadre… por dentro me estaban comiendo la rabia y el morbo a partes iguales.
Porque a Amanda la conozco desde chiquita. Desde que era una chiquilla ya traía esa mirada. Obvio, cuando éramos jóvenes hubo de todo: las borracheras en las fiestas familiares, los coqueteos, los besos a escondidas. Ella siempre buscó en mí a un tipo maduro, le mamaba que yo fuera el abogado "intelectual", el que le sabía a las cosas. Digo, tuvimos nuestros tropiezos ridículos, como aquella vez que los pendejos policías de Soledad nos pararon de camino al motel y acabé en los separos… ¡Qué vergüenza con los muertos de hambre de ese municipio, pero bueno, esa es otra historia! El chiste es que la tensión entre los dos nunca se apagó, siempre estuvo ahí, latente, latente. Yo le ayudé con todo el desmadre de su divorcio anterior, ¿y tú crees que un abogado de mi calibre trabaja gratis? Por supuesto que no, el pago que yo quería de ella no era en efectivo, compadre, tú me entiendes.
Pero esa tarde… esa tarde la muy cabrona se me estaba casando. Y no con cualquiera, sino con este güey, el escritor.
Habíamos quedado a una hora en la terraza para la ceremonia civil. La jueza, que, por cierto, era conocida y nos estaba haciendo el paro de aguantar, ya llevaba rato ajustándose los lentes y revisando las actas. Mi mamá, mis tíos, los invitados, todos bajo el sol, sudando, viendo el reloj, murmurando. La impaciencia en el aire se podía cortar con un cuchillo. Yo me hacía el despreocupado, tomando whisky y platicando de política, pero nomás estaba al pendiente de la entrada.
Y de repente, ¡pum! Se escucha el rugido del motor. Llegan estos dos en un Mazda deportivo, echando la lámina, tardísimo.
Se baja él, sintiéndose el rey del mundo, y se baja Amanda… ¡brillante!, güey. Te juro que, cuando la vi bajar de ese coche, se me apretó el estómago. Lucía hermosa, pero me daba una rabia contenida ver cómo le sonreía a él. Yo los veía y pensaba: "Créete tu cuentito de fadas, cabrón, que esto no se acaba aquí".
Entraron pidiendo disculpas a la jueza. La jueza, con una paciencia de santa que solo la burocracia te da, nada más asentía y acomodaba los papeles en la mesa. Y empieza el numerito. Los discursos, la lectura de los artículos del Código Civil, el "sí, acepto". Yo, parado a unos metros, con las manos en los bolsillos, clavando la mirada en Amanda cada que podía, para ver si cruzaba los ojos conmigo. Quería ver si le remordía algo, si se acordaba de las pláticas, del coqueteo, de los chats que teníamos.
Y luego vino la firma de las actas. ¡Una estampa familiar de lo más surrealista! Ponen a firmar como testigos a los dos niños, al hijo de él de 10 años y a Leonardo, el hijo de Amanda, que también tiene 10. Ahí iban los dos chavitos a poner su firma, seguidos por el papá de este güey y por mi tía, la mamá de Amanda. Todos aplaudiendo, las fotos, el abrazo, el beso oficial…
Y yo ahí, aplaudiendo como el primo educado y distinguido. Todos pensaban que yo estaba feliz por la prima. Ni se imaginaban. Vi cómo firmaban el papel y, por dentro, solo me daba risa. Me decía a mí mismo: "Firma todo lo que quieras, firma el acta, cásate, vete a Estados Unidos si quieres a trabajar… pero ella no es tuya. Ella tiene mi marca desde hace años y, tarde o temprano, va a volver".
Y mira, compadre… la vida da muchas vueltas. Pasaron apenas unos meses; en enero, el güey se tuvo que ir a trabajar al otro lado y la dejó aquí sola en San Luis… y el resto, bueno, para qué te lo cuento. Digamos que el que ríe al último, ríe mejor.
Pero esa tarde en la boda… puta madre, tragué veneno como no te imaginas. Sirve otra copa, anda, que recordar esa pinche bodecita me dio sed.
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